El Grado de Inversión: un compromiso ético más allá de lo económico
El Grado de Inversión: un compromiso ético más allá de lo
económico
A más
de un año de haber alcanzado el anhelado Grado de Inversión, la euforia de los
titulares ha dado paso a una realidad más sobria y exigente: la etiqueta “Baa3”
(Moody’s) no borra por sí sola nuestras ineficiencias estructurales ni repara
nuestras grietas morales. Si bien hemos logrado que el mundo financiero nos
mire con nuevos ojos, validando nuestra disciplina macroeconómica, el verdadero
examen de admisión no se rinde ante una calificadora de riesgo en Nueva York,
sino ante la ciudadanía que, día a día, sigue esperando que esa solvencia
técnica se traduzca en integridad institucional y bienestar tangible. Hoy, el
desafío ya no es demostrar que podemos pagar nuestras deudas, sino probar que
somos capaces de administrar nuestra abundancia con la misma ética con la que
gestionamos nuestra escasez.
El capital
extranjero (ese que buscamos seducir desde hace décadas) no es ingenuo. Busca
rentabilidad, sí, pero huye de la incertidumbre. De nada sirve tener los
impuestos más bajos de la región si mantenemos “ventanas rotas” en nuestro
sistema judicial o si la burocracia sigue siendo un peaje para el emprendedor
honesto y una alfombra roja para el amigo del poder. La institucionalidad es el
verdadero activo subyacente de nuestra economía. Sin seguridad jurídica, el
Grado de Inversión es solo un “trofeo de vitrina” que corre el riesgo de
empolvarse mientras la inversión real pasa de largo hacia vecinos más serios.
Desde
la visión de la Asociación de Empresarios Cristianos (ADEC), entendemos que la
competitividad no puede divorciarse de los valores. Desde el mundo empresarial,
tenemos una cuota de responsabilidad ineludible. No podemos exigir un Estado
eficiente y transparente si, puertas adentro, validamos la informalidad o si
nuestra única estrategia de rentabilidad se basa en salarios bajos y evasión de
normas. El "Grado de Inversión" empresarial implica elevar la vara de
nuestra propia gestión: invertir en innovación, dignificar el trabajo y competir
por calidad, no por prebendas.
Estamos
ante una encrucijada histórica. Tenemos la oportunidad única de transformar
este sello de calidad financiera en un motor de desarrollo inclusivo. Pero para
que la bonanza macroeconómica baje a la mesa de las familias paraguayas,
necesitamos “limpiar la casa”. Necesitamos entender que la corrupción no es
solo un problema moral, es el impuesto más caro y regresivo que pagamos todos,
y el principal freno para que ese capital que ahora nos mira, decida quedarse.
Paraguay
ya demostró que sabe hacer los números bien. Ahora debe demostrar que sabe
hacer las cosas bien. El Grado de Inversión fue la invitación a la fiesta
global; nuestra conducta ética e institucional será lo que decida si nos
quedamos a bailar como protagonistas o si, por falta de seriedad, nos vuelven a
cerrar la puerta.
Mario Aníbal Romero Lévera
Socio ADEC
Publicado en la sección economía del diario Ultima Hora del Sábado 29 de Noviembre de 2026
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